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¿Cómo dejamos decidir a las personas?

Amaia Cuida

Todos estamos de acuerdo en que las personas mayores deben decidir sobre su vida. El reto está en el día a día: en la hora de levantarse, en la ropa, en la comida, en decir que no. Hablamos de cómo convertir la autonomía en algo real.

Si preguntas en cualquier residencia si respetan la autonomía de sus residentes, la respuesta será sí. Y seguramente sea sincera. Pero la autonomía no se demuestra en una declaración de valores, sino en cientos de pequeñas decisiones que ocurren cada día y que, muchas veces sin darnos cuenta, tomamos nosotros por ellas.

¿Quién decide a qué hora se levanta Antonio? ¿Quién eligió la blusa que lleva hoy Rosa? ¿Puede Manuel saltarse la actividad de la tarde sin que nadie le insista tres veces? Las respuestas a estas preguntas dicen mucho más de un centro que su proyecto de calidad.

Autonomía no es lo mismo que independencia

Es una distinción clave en la Atención Centrada en la Persona. La independencia es la capacidad de hacer las cosas por uno mismo. La autonomía es la capacidad de decidir sobre la propia vida. Una persona puede necesitar ayuda para vestirse y, aun así, tener todo el derecho a elegir qué ponerse.

Confundir ambas cosas es uno de los motivos más habituales por los que, poco a poco, dejamos de preguntar. "Como ya no puede hacerlo sola, lo decido yo." Y así, sin mala intención, la persona va perdiendo espacios de decisión.

Por qué nos cuesta dejar decidir

No es falta de voluntad. Suele haber razones muy concretas:

  • El ritmo del centro. Preguntar lleva tiempo, y el turno va con el reloj en contra.

  • El miedo al riesgo. Si quiere salir a pasear sola y se cae, ¿quién responde?

  • La presión de la familia. A veces los deseos de la persona y los de sus hijos no coinciden.

  • El deterioro cognitivo. Cuando la comunicación se complica, es fácil asumir que ya no puede decidir.

Todas son dificultades reales. Ninguna justifica dejar de intentarlo.

Claves para dejar decidir en el día a día

1. Ofrece opciones concretas. "¿Qué quieres hacer?" puede abrumar. "¿Prefieres dar un paseo o quedarte leyendo en el jardín?" facilita la elección. Con personas con deterioro cognitivo, dos opciones, a poder ser visibles, funcionan mejor que una pregunta abierta.

2. Respeta el "no". Rechazar una actividad, una comida o un horario también es decidir. Antes de insistir, preguntémonos por qué dice que no. Muchas veces la respuesta está en su historia de vida.

3. Usa lo que sabes de la persona. Cuando alguien ya no puede expresar sus preferencias con palabras, su biografía habla por él. Si toda su vida fue madrugadora, si nunca le gustó el pescado, si siempre se bañó por la noche, esa información es su voz.

4. Gestiona el riesgo, no lo elimines. Vivir implica riesgos. En lugar de prohibir, busquemos cómo hacer posible lo que la persona quiere con la mayor seguridad razonable, y acordémoslo con ella y con su familia.

5. Deja constancia de lo que decide. Si Rosa ha dicho que los martes quiere llamar a su hermana, ese deseo tiene que estar donde lo vea todo el equipo. Si no está escrito y compartido, depende de la memoria de quien lo escuchó.

El papel de la familia

La familia es una aliada imprescindible, pero no puede sustituir la voz de la persona cuando esta puede expresarse. El equipo tiene aquí un papel delicado: acompañar a los familiares para que entiendan por qué respetar una decisión de su madre, aunque no la compartan, también es cuidarla.

Qué aporta la tecnología

En Amaia partimos de una idea: para dejar decidir, primero hay que saber qué quiere la persona, y después tiene que saberlo todo el equipo. Por eso recogemos sus preferencias desde la entrevista de historia de vida y las mantenemos accesibles en el día a día, con un formato visual pensado para la atención directa. También facilitamos que la propia persona indique cómo se siente o qué le apetece de forma sencilla, por ejemplo tocando una imagen en una pantalla.

La inteligencia artificial ayuda a ordenar esa información y a proponer apoyos coherentes con sus deseos, siempre con la revisión del profesional. Pero la última palabra, cuando puede darla, es de la persona.

En resumen

Dejar decidir no es un gran gesto, es una costumbre. Se construye pregunta a pregunta, respetando un "no", ofreciendo dos opciones en lugar de ninguna. Cada decisión que devolvemos a una persona mayor es una forma de decirle que su vida sigue siendo suya.

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